Viento norte que enloquece la razón
Limpio la hoja del machete con su dedo. El callo formado desde hace años apenas notaba aquel filo. Se estaba dando muerte a la tarde, en aquella selva que Quiroga conocía como la palma de su mano. Esta noche no dormiría allí. Había cambiado de opinión. No deseaba pasar la noche al aire, bajo el ruido de la conversación que metían el viento cálido y las espesas arboledas en la selva tropical. Le quedaban unas horas a pie para llegar a su casa. Quiroga sentía el deseo de la cama limpia, el buen caldo y la gripa fuerte y maciza de su mujer. El deseo le vencía. El ruido burbujeante del río le invitaba a seguirle a través de su ribera. Pero, él deseaba torcer el rumbo y cortar por el monte, esquivo y lunático para sus invasores, pero corto y recto a su casa.
Abrió paso, a golpe de machete y las ramas cedieron ante aquel vigor. Siempre que escogía tirar por el monte, para guiarse dejaba el río en su espalda y seguía una hilera de acacias antiguas que marcaban la brecha. Muchas veces en aquella soledad se había preguntado por el origen de aquella hilera amarga de flores. Un ruido le detuvo, aparto un matorral y logró ver que una cascabel aleteaba a la espera de su cliente. Bien rápido, dirigió el machete hacia el cuello del áspid que glotona se separo de sus vértebras. El bicho se desmayo. Quiroga cogió la víbora y le sujeto a una altura de un metro. Las membranas daban flojera a la electricidad del interior de aquel cuerpo muerto. La guardo en una bolsa y marco el paso hacia su destino.
Ella abrió la puerta ebria en el deseo. Su amante dudo en entrar. Una tímida luz dejo entrever la cama de la sala contigua.
_¿Cuándo vuelve Quiroga?.
_En dos días. Ella se cogió con sus piernas alrededor de su cintura abrochándose al torso desnudo y potente de su invitado. La cama crujió como menta espesa y ardiente. Maria empezó a lamer en sus labios aquel calor violento que les unía. La habitación se lleno de un brutal gemido que es capaz de forzar el sexo cuando mordisquea carne, pelo, rizo.
La senda se ensancha dejando que Quiroga vea la luz débil de su casa. Acelera el paso y con el su bronca tos de ansiedad. Las ramas altas de aquellos chopos empiezan a silbar viento del norte. El dicho antiguo recordaba que su empuje caluroso y continuado altera la razón de los habitantes de la comarca. Era ya noche cerrada, el crujido de los pies de este hombre daban de sí en el cercano portal, estrecho y vago que defendía la casa que él había construido.
En el interior la loca carrera de los amantes hacia que la agitación cimbreara dos cinturas una junta a la otra. Maria gemía el solitario deseo ante su buen cabestro.
Quiroga empujo la puerta, el viento entro cual ráfaga y movió la luz que desde el fondo susurraba. Al sentir
aquel rechinar insalubre, se temió lo peor yendo directo hacia ellos. El machete dio un giro en el aire. El pánico de su amada se reflejo en los ojos. El viento norte escupió. La resina seca extrajo de si una música incapaz de detener el grito de Quiroga:
_¡Te matare!. El cruel machete se encaramo entre los amantes. La estampida de sexo y sangre abrió la selva de manera macabra. Todo aullaba de inmenso ardor. Los golpes se repartieron secos y repetidos. Una cabeza de pena recorrió rodando el pavimento. ¿Qué había al final del sendero de dos amantes?. En el drama, se preguntaba angustiado –Quiroga- al golpear los cuerpos. De nada serviría esconderse atónito ante la llegada de la policía. Se detuvo. Un silencio de vino amargo le devolvía la muerte. Limpio el machete con la propia sarna de los cuerpos. Se aparto y fue hacia el patio, giro hasta el cuartucho que usaba de almacén para regresar con una pala. Se detuvo en la puerta y retrocedió hasta dar con el baño en medio del campo. Como en las casas de la selva este era un pozo que recogía las miserias de los que allí vivían. El sitio estaba envuelto en cuatro paredes con una lona que hacia de puerta. Metió la pala en esa inmundicia y aumento el agujero unos dos metros de profundidad. Al acabar estaba lleno de lodo y olor putrefacto. Se alzo por encima del limite de la puerta y fue en busca de los cuerpos. Los arrastro a traves de la tierra y les dejo dentro, colocando con ellos la ropa manchada de sangre. Les puso keroseno y encendió una fogata que quemo toda la noche. El humo lánguido y espeso quedaría atrapado por la selva. Se fue a la casa y bebió hasta dormirse.
Por la mañana el grito de la iguana le despertó. Miro la hora: Las 10. Se puso de pie y fue hasta el baño. Aparto la tela que hacia de puerta, un humo suave y blanco continuaba saliendo. Agarro la pala y tapo las brasas teniendo la precaución de dejar un foso no muy grande para hacer sus necesidades. Se fue hasta el rio, se quito la ropa y dejo correr aquel manso liquido que le servia de mortaja. Pasados unos minutos regreso desnudo hasta el rancho, se seco y se vistió de domingo. Iría a misa. El Dios blanco le animaría ante los dos que había enterrado.


Comentarios