El concepto de libertad ha evolucionado, pero definirla no deja de ser un ejercicio difícil. En estos días dos elementos nos han vuelto a situar en este cruce de caminos. El primero el resurgimiento de los partidos liberales en las elecciones europeas, este pariente pobre de la praxis política se resiste a morir, y sin más se sitúa en algunos países como el directo competidor con los socialistas, por el segundo puesto de la representación parlamentaria. Deberíamos decir que –a excepción de España, los primeros son ocupados por partidos conservadores.
El segundo elemento, es la Selectividad. Esta prueba que 23.000 alumnos la realizan en toda España para entrar en la Universidad, lleva en sus entrañas a un autor J. S. Mill. Por si los tiempos cambiaran, hace dos años que una estrella ha caído –Marx- dando paso a la reflexión liberal o a la crisis de los valores –Nietzsche.
¿Pero qué es lo que concita esta unión entre Ud. –amigo lector- y este cronista?.
Dirá Mill que “la libertad es la esfera de nuestra existencia que abarca las acciones que no repercuten nocivamente sobre otros”. Pero también establece que el individuo no tiene que dar cuenta a la sociedad de sus actos, mientras estos no afecten a nadie más que a si mismo”.
Y aquí es donde vamos. La única razón legítima que puede tener una comunidad para usar la fuerza contra alguno, es impedir que uno de sus miembros pueda hacer daño a otro. En la tradición española, los años de franquismo y los sucesivos gobiernos de izquierda, han creado una comunidad en la cual el poder del estado es reclamado continuamente como regulador o intervencionista.
Pondremos algunos ejemplos que están en el límite de esta discusión. El último gobierno socialista, ha establecido unos gramos de alcohol en sangre por el cual no se puede conducir. Primero creamos el delito y luego ponemos una cantidad de funcionarios-burócratas a controlarlo. ¿Pero existe ese delito?. No. Solo existiría acción punible, si en un accidente, uno de los conductores estuviera drogado/alcoholizado.
En una de las autopistas de entrada a Barcelona, han establecido la velocidad variable. Las normas dicen que en dicho tramo –de tres carriles por banda- no se puede ir a más de 80 Km por hora. En determinados momentos, los paneles luminosos establecen límites alrededor de 50, 60 en los que uno se convierte en infractor. Hace pocos días este autor iba por el carril central, a 100 Km/h, el límite oficial era 120 Km/h y el luminoso era de 100 Km/h. Por mi izquierda avanzo un coche a 110, que se situó en el carril de mi derecha. A los pocos minutos otro coche realizó la misma acción pero obligando a los demás a frenar, y se situó en el carril de la derecha delante del anterior. Un cartel luminoso que llevaba dentro, se encendería de repente, lo que obligaría a salir a dicho vehículo de la autopista, por velocidad indebida. Era un coche camuflado de la DGT.
¿Creamos el delito?. Luego un grupo de burócratas se dedica a cazar a su antojo.
Lo que nos permite constatar, como hemos creado un territorio de delitos, que aun no se han cumplido, hasta que los cazadores juegan su partida. Ellos buscan: los premios y los recursos del Estado.
Otro ejemplo, llevar el cinturón desabrochado. ¿es delito o no?. Esa es la pregunta que aparece en la hoja de Selectividad de nuestro autor. –Sí, no se ría ni se sorprenda. Mill dirá que la sociedad debe preservar la libertad aun a costa de que un individuo decida hacerse daño. En nuestra hipótesis, si Ud. no quiere llevar cinturón ¿es una decisión personal?. Probablemente si. Podríamos incluir multitud de reglamentaciones que hemos construido estos últimos años.
El argumento de estar a favor de ellas, no invalida el núcleo de la reflexión. ¡Son inútiles!
Porque todas se construyen en la necesidad –o necedad-, de tener un ejército de burócratas para hacerlas cumplir. Y… el paraíso de las normas está llegando a su fin.
Así será. O tal vez no?.





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