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adios luis cuentos

28/05/07

La camada

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La camada se situó frente a mi puerta, los aullidos siniestros les empujaban a dar con el dueño de esta vivienda. Desde mi posición pude observar como rasgaban en la madera. ¿Qué situación más extraña?. Un grupo de chuchos se atrevía a dar contra la última frontera entre el mundo civilizado y las náuseas desproporcionadas que soportaba este apasionado del rap. Decidí elevar el volumen de mi aparato de música. El mando a distancia, tan infeliz y ciego se sabía cada muesca de los años pasados en este habitáculo. En el exterior el grito de la camada aumentó. Y con ello el trajín contra mi última defensa. Me estiré hasta un mueble, rácano en mi interés pero dispuesto a terminar con aquello. Cargué una escopeta que guardaba detrás del mueble. Fui hasta la puerta convencido de mi poder y abrí un ventanuco por donde dejé salir la punta del metal. El jefe, negro e irreconocible se abalanzó pero dispare dos veces de manera ruin. Un alborozo de fiebre y miedo les hizo retroceder. Al abrirse un espacio en aquel tropel, me parecía descubrir, que le había dado en la pierna a un pequeñín lleno de garrapatas. Pude observar que estaba frito en el umbral. Cerré el postigo para volver a tenderme en el sillón. Un breve sueño atraparía mi mente, era como un chispazo grande y fuerte destinado a mi breve locura. En la imagen se sucedía una hilera de pérfidos canes que cabalgaban en una pradera a cuenta de dar conmigo. De tanto correr, mis piernas sonaban a quiebro extraño y pétreo parecido a un mar asustado y lejano. No sé cuanto correría despavorido por aquel tartán de fantasía. Al despertarme una sensación me depositaría en la realidad. Me puse de pie y fui en busca de un vaso en el cual me serví un whisky. ¿Estaría aun allí el perro herido?. Si la respuesta era positiva, quizás era mejor que me acercara hasta la puerta. Decidí abrir esa hoja que permanecía días enteros claudicando ante mi mundo lastimado y triste. Un Martín cubierto de barro me saltó agresivo y gritón. La fuerza del animal me hizo dar contra el suelo, su peso y su presión aumentarían mi zozobra al comprobar como pataleaba manteniéndome chafado contra el piso. Un disparo seco y duro le tumbó, dejando que el pestilente cadáver y la sangre roja empaparan mi tórax.

¿Quién había disparado?. Aparté el chucho exhausto y me recompuse al ponerme de pie. “Si no le quito el perro de encima se lo come” –mi interlocutor no demasiado alto y regordete llevaba unas gafas negras abombadas y modernas. “Gracias” –atiné a contestar. “La verdad es que no entiendo como han llegado tantos perros hasta aquí”. Una mueca de disgusto de su parte remarcaría nuestra coincidencia de intuiciones.

Decidí arrastrar los dos perros muertos en dirección al jardín. Acto seguido volviéndome hacia el desconocido le dije: “¿Le apetece un whisky?”. “Vale”.

Entramos en casa, me limpie la sangre que llenaba pegada, me puse un pantalón y unas sandalias. Pasados unos minutos, le serviría una copa. “¿De dónde es Vd.?” –preguntaría al desconocido. “De Arroyo Seco”. “¿Es allí es donde se lava oro y dicen que se han hecho grandes fortunas?”. “Puede”, su respuesta lenta y terca, parecía no querer darle mayor importancia de la necesaria. Se había sentado

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04/04/07

Plaga de langostas (1)

Oxaca

La línea de la playa muestra el fin de la plaga de langostas que estremece a los habitantes de Cuernavaca. Aquí se junta el espíritu cerril unido a tanta miseria divagando por estos pueblos olvidados de la civilización. El autocar en que viajaba se detuvo casi al llegar a la esquina. Baje y recogí mi petate. Metí mano en el bolsillo y rescate del fondo un papel arrugado y meloso. Caterra 18. Una dirección entupida. Pare al primero que se me cruzo mostrándole aquello. Un gesto hosco e irregular me señalo una calle que seguí hasta dar con un emparedado de tapias. De entre ellas, una con orgullo aguantaba una puerta roja en la que se alzaba un caserón antiguo. Mire hacia ambos lados y golpee con los nudillos en la madera. Se había levantado un fuerte viento que arrastraba con el la tierra de este jodido pueblo. Probé dar otra vez y percibí que se abría. Una vieja simpática pregunto:

_¿Que desea?

_Busco a Doña Palmira.

_Soy yo. La enagua ocre se movió empujada por el aire. Le mire y ella mantuvo su respuesta de sentimiento.

_¿No se acuerda de mi?.

_No. “Soy Grande del Cabo. El hijo de Sun”.

_Ah. Su exhalo fue tenue y mal querido.

_¿Y que le trae por aquí?. Ella no soltaba la puerta, ni me invitaba a entrar.

_¿Quería hacerle una pregunta sobre mi padre?.

_Pase. Un estrecho pasillo daba salida a un amplio comedor con una chimenea oxidada y triste.

_Siéntese. Su mano señalaría un sillón de mimbre, frente a dos reposados y famélicos sofás en uno de los cuales ella ocuparía un sitio. Golpeo las manos y una mujer joven y de buen ver apareció. Dio orden de traer naranjada con hielo.

_¿Mi padre era?. Un seco sonido me corto la inspiración. “Yo le conocí bien”. Un descansillo sembró de dudas la estancia.

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30/11/06

Mi Vida Italiana (6): El cura La Visca

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Al entrar, la amplia nave de la iglesia pintada en blanco, dejaba entrever un cierto cansancio para mantener su anterior esplendor. Las imágenes del calvario de Cristo, colgaban en el lateral acompañando los bancos centrales. Hacia la mitad del recinto estaba el sitio donde acostumbraba a sentarme, desde este espacio intimo y a la vez publico, en la pared a mi derecha, la sucesión de escenas del calvario me iluminaban como un fogonazo. ¿Qué me fascinaba de esta representación?. Tal vez la lenta y terca caminata de un individuo que arrastraba una cruz y en su camino –para zozobra de mi fe- le veía rodeado por personas incapaces de detener su marcha. Y al alargar la vista, siempre me detenía una palabra puesta en el remate de la cruz: INRI. ¡Indescifrable!. Esta expresión no hacia mas que le diera vueltas al tema. ¿Era el apellido?. O, ¿quizás una advertencia?. El peso de aquel término daba mayor contraste a la cara del crucificado. En la misa, un sacerdote de más de 80 años e infatigable, caminaba a pasos cortos e indecisos. La Visca siempre cumplía con el rito de alargar la sesión hasta casi las dos horas. Entre el martirio de Cristo y las caras de los feligreses esperando que aquello acabara mi niñez purgaba con la ansiedad. Este cura tenia por costumbre entrar y salir de los temas dando la impresión que aquello se acababa y… vuelta a empezar. Mi familia todos los domingos asistía con sus vestidos de gala, pero antes de entrar se preguntaban: ¿quedaremos libres a la una o a las dos?. Otra de mis aficiones era recorrer con mi mirada la fila central, deteniéndome a la altura de la tercera hilera, allí una señora cantaba los salmos. Empezaba con una voz lenta, imprecisa, que subía con fuerza hasta repetir: ¡Oh sana!. El delirio de su enorme voz aparecía solitaria en tamaño espacio y se estrellaba con una fingido silencio que las familias mantenían ante tanta voluntad que les atravesaba. Parecía sugerir –el bel canto- un cierto desequilibrio entre la voluptuosa pasión en escena y el autocontrol de la intimidad que ejercitaba cada adulto después de un sábado copioso en comidas o sexo a escondidas. Y así, ella sola se veía inmersa en la responsabilidad de acompasar aquel sinuoso avance y retroceso que el padre imponía en una u otra dirección de la misa. En este embrollo siempre dudaba si debía ponerme de pie o sentarme. Me confundía este ejercicio sucesivo de descanso al sentarme, de rodillas en el arrepentimiento y de pie para mirar a Cristo sin culpa. Debo confesar que a partir de la hora y media, la rabia, el deseo de acabar con aquello, o unos torpes bostezos -dependiendo de quien lo ejerciera- daban paso a un marasmo mayor entre los feligreses. Ya no sabían en cuales de las tres etapas colocarse. El de mi lado sentado, yo de rodillas y el de frente cuchicheando de pie con el vecino. La Visca les ponía a todos en una sinrazón cercana a la desdicha, pero a medida que transcurria el ejercicio, los sueños y fantasías crecían en esas mentes con el fin de olvidar el aburrimiento que les dominaba. Y por encima de las miradas la gran carga de sensualidad u odio se apoderaba de todos nosotros. A veces mi cabeza giraba hacia atrás: ¿Y aquellos hombres?. Los de allí, si, aquellos que estaban siempre de pie. Se agolpaban al final, cerca de la puerta de salida. Eran los que no aceptaban sentarse, o llegaban tarde, o venían a cumplir. Si me aburría demasiado, me quedaba el recurso de ver las caras que ponía el cura. Por momentos miraba fijamente hacia la sala, en otros se emancipaba de ella huyendo en locura hacia el cielo, mientras aceleraba las explicaciones en latín que nadie comprendía. Para luego detenerse y volver hacia el tema del que había escapado presa del pánico. Esto lo acompañaba hasta llegar al momento en que partía una ostia inmensa por la mitad, seguidamente la introducía en su boca. Aquella inmensa cosa se me hacia imposible de entender, me imaginaba a aquellos magos de circos que metían en su boca y la garganta cimitarras hasta el estomago. Y luego el rito del vino y esa gasa que utilizaba para limpiarse acabado el festín. Y como un insulto dejaba escapar la frase: ¡ora seco secolorum! Y la mujer del tercero comenzaba a cantar y nos poníamos de pie para sentarnos un segundo y vuelta de pie, para ver como la gente salía en dirección al altar para recibir la comunión, en un jaleo de almas y olores a colonia de domingueros en busca de … la paz.

Debo decir que al llegar a la comunión, el padre La Visca preso de la emoción ya vagaba en delirio sin saber cuando acabar. Su desquicio acentuaba hasta límites insoportables la manía de entrar y salir en los temas, pero todos ya limpios de pecados empujábamos en una conmoción espiritual colectiva a este hombre al final.

Pasados unos años regrese de visita a aquella iglesia, La Visca había muerto y el nuevo -La Roca, echaba misa en media hora y ya no eran en latín. Asistí invitado a una de ellas, al salir observe que los feligreses salían de allí disgustados, frustrados con sus mejores galas sin saber en que ocupar su tiempo. Una sensación de fastidio les embargaba, los hombres aumentaron sus visitas al bar y el alcohol reemplazo aquel momento. Y las mujeres regresaron a sus domicilios antes sin otro consuelo que las faldas más blancas y libres que el roce de misa. En la fachada de la Iglesia había crecido una grieta que bajaba hasta la puerta sin desmayo y de manera arrebatadora. ¿Y la cantante?. Se lió con un director de orquesta, grabo un disco y se hizo famosa, pero siempre añorando su actuación de la tercera fila. Al sentarme en el mismo sitio, el Cristo seguía reeditando los pasos hacia la cruz.*

*Y algunos cambiaron de Iglesia y se fueron a escuchar misa a la de las monjas.

26/09/06

La quimio

Quimio1

Una conversación abrupta con un amigo me puso en la pista. Había vuelto a recaer en el cáncer y el círculo vicioso le llevaba hasta la quimioterapia. Esta situación tan particular y a la vez general muestra la fragilidad de los humanos, como ilusos jugadores, nos enfrentamos con soberbia al día a día.

“Dos de cada tres personas tienen cáncer”. Su frase lenta, corrosiva bascula con rabia. Mi reacción fue invitarle a caminar por la playa de Vilanova. La arena húmeda y densa y el golpe de la ola cínica y ausente darían intimidad a la lucha de este vital ser humano.

Grande es la nuez

Libre y trémula la palabra.

Descubre el tic tac que marca nuestras vidas.

Juan: “Yo ya no vivo para el futuro”, escandalosa afirmación que dejo escapar. En esa caminata, las ideas fluían dispares, me dije: es otra diáspora a la que todos nos enfrentamos. La pulsión de la vida, el ego, eros cual batalla, nos empujan a acumular favores, poderes, lisonjas. Es una trepidante carrera que tiene el futuro como Norte. Los seres que han golpeado contra una duna –como este amigo y tantos otros-, con firmeza se rehacen y de repente su pasión ha dado un giro. Aparece la intimidad, lo cercano y el goce sin sentido ni tiempo de esta aventura galáctica. Al observar sus pisadas en la playa, cada marca que describía era:

Una breve, concisa, apuesta por la vida.

Saludos para Egon

09/07/06

London Bar

Cada semana iré publicando dos páginas de esta nueva novela. Se desarrolla en el Barrio Chino de Barcelona durante los años 70. Al que tenga paciencia de seguirla que la disfrute.

1

Un acceso de tos.

En la entrada la mugre se describe con una cierta tonalidad marrón. El papagayo aprieta con desgana su graznido torpe. Se ha abierto la puerta, el pasillo estrecho y tortuoso derrama olor de aceite quemado. El camina por ese regusto de sensaciones. Al llegar a la puerta –casi al final-, la empuja. Se ha cansado de echar llave. La dificultad le priva. Dentro solo hay una cama antigua apoyada en una pared. Del otro lado, en el exterior un palomar esta dormido. Por la mañana las alas y el repiqueteo le lastiman y despiertan. Se deja caer. ¿Cuántos años lleva viviendo en esta pensión?. La Paloma de Valencia, le causo hasta gracia el día en que vio el cartel. Recuerda que su dueña le abrió la puerta y destapo las condiciones y tarifa. Estaba en Barcelona. Era la ciudad que había pensado y ansiado. Se giro en la cama y vomito en dirección al suelo. Estaba preso de la ansiedad por domirse. ¿Qué Sueño le sobrevendría?. De rabia había gimoteado hasta hartarse frente a ella. Rubia, parca en palabras, pero volátil e influenciable. Su último dialogo fue:

_¿Me amas?. Ella se estiro la camisa hasta juntarla al llegar al pecho y le miro. Asco y frenesí y tortura quemaban en sus ojos:

_No -respondió. Era escueta e inmisericorde. La pierna derecha se movía y su estúpida belleza le hastiaba. Dio un golpe en la cama, se puso de pie yendo hasta el baño. Su verga afilada se desplazo hasta hallar el water. El orín amarillo y oloroso le llego hasta cerca de la boca. El ruido del agua contra el agua le despertó del tedio. Se sacudió esa piel que le magreaban las putas del Chino. Tiro hacia atrás, volvió a entrar en el dormitorio. Ella estaba de espaldas, las nalgas dejaban ver un surco que el conocía de memoria. Se metió la camisa, bebió un trago de vino. Abrió la puerta y descendió por las escaleras. La calle estaba desierta, el frió le golpeaba como diciendo, que el cruel refugio de la rubia ya le sobraba. Metió una mano en el bolsillo, la chatarra se entrelazaba en sus dedos.

Aquella mañana el sol se mofaba en su cara. Los golpes de la dueña le despertaron.

_¡Ya va! ¡Coño!

_¡Ábreme Luis!. Tengo una carta para ti. Y además la poli quiere verte. La casera estaba a un paso de él. Del seco palabrote -la cana-, le puso de pie, no le dieron tiempo a lavarse. Un tío seco y gris vestido con un abrigo afeminado se le fue encima.

_¿Conoces a esta tía?. En la foto, la rubia de la noche anterior -con la cara destrozada- le miraba.

_Si.

_¿Cuando la viste por ultima. Quiso mentir, el grueso regusto a vino le inundo la garganta. Escupió al lado y se fue hasta el water. Los bichos bailaban en aquel liquido cuando el lanzo su esputo. Vomito. El cana estaba detrás. Volvió a insistir:

_¿Como se llamaba?.

_Angeles. ¿Vivía contigo?.

_No.

_¿Desde cuando le conocías?.

_Cinco.

_¿Cinco que?.

_Años. ¡Mierda!. Aquello no le gustaba,. A la tipa la había llegado a querer.

_¿Era tu amante?. ¿Esta te la mamaba?. La risa del cana intentaba dar juego.

_Si –la respuesta sonó desvaída. Me vas a tener que acompañar.

_¿Por que?. Por meterle un pico. ¡Desgraciado! –el cana estaba muy cerca suyo.

_Oiga, que yo no la toque. Ella era una buena tipa. Estaba loca pero yo no la odiaba.

_Vístete. El fierro del cana se asomo en su mano para convencerle. Se estiro las mangas. Siempre lo hacia cuando se ponía nervioso. Torcieron hasta la puerta. La habitación quedaría revuelta. La casera de mala gana intentaría arreglar el desorden.

Angeles se había levantado a un tipo la tarde anterior. Moreno, parecía normal. Al llevarle a su habitación este se había bajado el pantalón y los calzoncillos. Ella pensando que deseaba una mamada se había acercado hasta el y se había puesto arrodillada. Una verga larga y peligrosa se balanceaba frente a su nariz. Pero de repente el tipo había echado para atrás y se había vuelto a levantar los pantalones. Ella desconcertada decidió seguir en su sitio, pero se levanto las faldas hasta el pubis con el fin de provocarle. El tipo respiro con amargura y caminando hasta el final le dio la espalda durante unos minutos. Ella se puso de pie yendo hasta el. Le dijo:

_¿Como lo quieres?.

El se giro de nuevo, le cogió del cuello y la beso largo rato metiendo su espesa lengua en su boca de una forma atrevida y malsana. Ella quiso tocarle, pero el no se lo permitió. La lengua mordisqueo aquí y allá desordenadamente mientras el sudaba y gemía. Angeles le seguiría el juego intentando no contradecirle mientras aquella horrible carne le ahogaba. De repente se separaría de ella, mirándole un rato largo. Los ojos verdes del cliente le cortaban hasta dentro. ¿Ella qué veía?. Un fondo siniestro, oscuro. Tenía en su mano el corazón y la soledad de aquel tipo pero era incapaz de acercarse o hacer algo. De su interior escapa tal ansiedad que le llegaba erizándole el vello desde las pantorrillas, pasando por el vértice de su sexo hasta estallar en su cuello. El tipo metió la mano en su abrigo y extrajo unos billetes los puso en la mesa cercana y se marcho. Al quedarse sola sintió una liberación. Decidió librarse del asco que le rodeaba yendo hasta la ducha. El agua tibia le entretuvo devolviendo la tranquilidad.

06/02/06

mi vida italiana(2): Evita

Evia2

El coche se detuvo impaciente delante del surtidor de gasolina. Era un Packard de 1949, negro, delgado, de ruedas anchas y cromado plata. Mi abuelo se acerco hasta el chofer, desde su interior se escucho un gruñido:

_¡Llénalo!. Juan quito la tapa del tanque y movió la palanca del surtidor hacia delante y atrás para bombear con fuerza un líquido espumoso y dorado. La gasolinera parecía un ala de avión abierta en dos; estaba situada en una esquina de la ruta 9 que unía las dos mitades del país. Había empleado en ella parte de sus ahorros y un préstamo de sus cuatro hermanos. La guerra que desangraba a Europa era un murmullo. De repente el tipo antipático que hacia de chofer salio del oscuro y embutido recinto poniéndose de pie. Le miro indeciso pero se encamino hasta su lado.

_¿Podría hacerle un bistec con huevos fritos a la señora? –pregunto.

_Si.

_¿Donde se lo servirá?. La respuesta fue un leve movimiento de cabeza para señalar la puerta de la oficina-cocina. Mi abuelo acabo de verter el gasoleo, yendo hasta la dichosa cita. En esa habitación el guardaba los papeles de sus cuentas, una mesa grande y aparatosa, varias sillas y un reloj de pared. En el lateral una cocina de hierro a leña le salvaba de las tardes largas y frías del invierno. Se lavo sus manos y se puso a preparar la comida. Detrás de él, el ruido de la puerta le recordó que su clienta acababa de entrar. Pasados unos minutos se atrevió a darse vuelta. Una rubia de traje entallado, de finas rayas y un pañuelo alrededor del cuello le miraba.

_Hola, -dijo Ella. Hosco, pero nervioso se atrevió a sujetar una silla y arrastrarla dando a entender que ese era el sitio de su invitada. Ella se acomodo con paciencia. Mi abuelo continuo con el trajín de sartenes un buen rato, hasta dar con un resultado mediano. La comida humeaba cuando se dio vuelta nuevamente en dirección a la mesa. Ella se había quitado el abrigo, el pañuelo y una blusa de color crema y recta le daba un toque de lujo. El puso dos platos encima de la mesa.

_Mi chofer no come –tercio su suave voz.

_Ya lo se. He decidido acompañarle. ¿Por cierto Vd. es?.

_Si. Voy de paso. En Córdoba me espera el gobernador.

_¡Ah!. El sirvió, tomo asiento y comenzaron a comer. Ella daba pequeños golpes con el tenedor en la loza. Era menuda y ágil. De cerca aparecía más guapa que en los mítines.

_¿Esta Ud. casado? –pregunto ella.

_Si. ¿Es italiano?.

_Del Piamonte. ¿Le gusta nuestro país?.

_Bastante. Por error había traducido literalmente de su italiano y olvidado el “mucho” expresión mas normal en estas tierras. Ella le miraba directa. Mi abuelo observo que era incierta su alegría.

_¿Le gusta ayudar a los pobres?.

_Si, pero me cansa. El hastió y la soledad son mi droga. A veces envidio las tareas sencillas y directas como la suya. ¿Vd. qué considera necesita nuestro país? –pregunto- fiel a su pose política.

_Mas cultura y menos líder engominado –respondió Él. “¿Se refiere al General?”. “Si”.

_El poder –argumento Ella- desata el egoísmo. Poco a poco los aduladores ocupan el gobierno. Ella se estiro un poco hacia atrás, la blusa se ajusto al borde de sus senos dejando ver una silueta firme pero atractiva. El silencio creo un vaho de complicidad entre ambos. Ella se desabrochó el primer botón que amarraba su cuello y dejo ver una piel tersa y clara. Mi abuelo mantuvo su posición. Se sentía incomodo ante el magnetismo que irradiaba el comensal. Decidió preguntar -¿era su turno?.

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10/12/05

nueva novela del autor de retratodelinfierno: la abeja

He llegado a los 200 articulos. Buena cifra.

La próxima semana comienzo la publicación por capítulos cortos de mi tercera novela la abeja.

¿De que va?. Transcurre en un manicomio -que existe realmente. El universo cerrado del panal y sus jerarquías se superpone a la vida real de los enfermos que le habitan. ¿Como acaba? La vida es irreal y la fantasía es auntentica.

un saludo

juan re

25/11/05

El Gato con botas

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El extraordinario cuento del gato con botas ha llenado durante años nuestras fantasías. Volver a releerlo es descubrir la sabiduría que atesora. Os invito...

De repente, el gato, su gato, saltó sobre sus hombros entre maullidos y gritos de alegría.

_¡Al fin te he encontrado! –gritó el gato-. ¿Es que pensabas irte sin mí?.

Max lo miró con tristeza.

_¿Pero qué te sucede? –insistió el gato-. ¿Pareces preocupado? ¿Es que has reñido con tus hermanos? ¿Puedo hacer algo por ti?

Max volvió a lanzarle una mirada triste, mientras se lamentaba.

_¿Pero no comprendes que eres tú la causa de mis preocupaciones?.

_¿Yo?

_Sí, tú. Qué vamos a hacer tú y yo juntos?. ¡Morirnos de hambre, seguramente!.

El gato no comprendía por qué su nuevo amo estaba tan apenado. Es tan agradable la vida para un gato. Correr de acá para allá, perseguir ratones, tumbarse tranquilamente al sol.

[...]

Horas más tarde, el gato calzaba unas relucientes botas y se cubría la cabeza con un sombrero digno del paje del más noble señor.

_¡Estás guapísimo! –dijo Max con admiración Y ahora para terminar -. Pareces un noble caballero! ¡Lástima que yo me haya quedado sin un céntimo!

_¡El dinero, siempre el dinero!  ¿Es que no sabes pensar en otra cosa? Lo importante no es tener dinero, sino parecer rico.

[...]

_Y ahora, para terminar, yo me tomaría un par de codornices –sugirió el gato al posadero.

_Oh, cuánto lo siento mi señor, pero es muy difícil capturar a esas pícaras codornices. Me han dicho que ni siquiera en la mesa del rey pueden servirse, a pesar de que es su plato favorito.

Los ojos del gato se iluminaron al oír al posadero.

_No os preocupéis, posadero. Yo voy a salir un momento.

[...]

Y, dicho esto, el gato saló corriendo sin darse cuenta de la aterrorizada cara de Max. [...] Pío, pío, bonitas entrad al saco. [...] Desde lo alto de una rama, el gato veía con satisfacción cómo su saco se llenaba de codornices.

¿De que nos hablan estos fragmentos?. De la excelente vida de los gatos antes que apareciera el dinero. La mercancía que atesora el valor y con ella determina las capacidades del trabajo. Desde su aparición ya no es posible tumbarse alegremente al sol.

Es un texto en el cual la iniciativa del gato -el espíritu burgués- ve las oportunidades donde otros se lamentan –el posadero y las codornices-, pero nos advierte  que ser rico y parecerlo es el drama de la sociedad que vendrá. Una sociedad en el cual el baile de mascaras esconde la dura competencia por los afectos, la sensualidad, el goce y las riquezas.

En definitiva amigos, un gato que al calzar zapatos ha conquistado la libertad individual

Editorial Planeta-De Agostini, Barcelona, año 1989

01/10/05

pulpa de jamón

Foto_poesia

Pulpa de jamón.

Brote imperfecto de pluma de águila.

El camino se estira lánguido, bordeando

el perfil del asno. Alguien grita pánfilo:

asquerosa plata de vida, esquiva, sureña, ¡dame

desde la nostalgia el añil seco del amor!. (1)

(1) Poesía maldita. Juan Ré

15/04/05

Violeta Azulay Nueva narración del autor de retratodelinfierno

La bibliotecaria le entrego la caja solicitada. Él observó el metal que cubría aquel envase rectangular, alisado en los bordes. Le cogió con fuerza arrastrando hasta el final de unas mesas que le dejaban un estrecho pasillo. Deseaba encontrar un sitio mas apartado. Al depositarla en una mesa extrajo la llave de un bolso y la introdujo. Un giro suave. Un sonido farragoso y áulico dejaba paso al temido momento.

Aquella mañana le habían llamado para avisarle. El interlocutor le había dicho: "si desea resolver su asunto recoja el sobre en el apartado 1024 de la biblioteca". La comunicación se corto dejando que su fiebre creciera con la angustia.

El inspector Marcos llevaba el caso de un asesinato que desde hace meses le atizaba el estomago. La mujer desaparecida era la esposa de un industrial. Bueno digamos, la rica heredera que aportaba sedimento y lumbre para su esposo. Todo conducía a él, como en la clásica intriga. El marido era listillo, alegre y le gustaban las hembras caras. ¿Por que dudar?. Con el trabajo que tenia, ¿para qué darle vueltas al tema?. El caso era sencillo, debía ir a por él sin dudar. Levanto la tapa, un hedor nauseabundo le arrebato las ganas de comer. Una cabeza deteriorada pero bien peinada y con una cierta sonrisa le miraba. La heredera era dueña de dos óvalos azules. Metió la mano y repaso los fondos para ver si encontraba alguna pista. La soledad de aquel rostro también clamaba por  cerrar el caso. Volvió a colocar la tapa para regresar a comisaria.

Al entrar a su despacho, su ayudante una vez examinado los restos mirándole afirmaría:

_Caso cerrado. Jefe ¡Ya tenemos una parte del cuerpo!.

Por la tarde, el forense paso su informe. Al mirar las paginas, apareció lo que se temía, la mujer había muerto por envenenamiento.

La remolacha respira de rojo. Una frase corta en un papel en la agenda de ella, estaba casi al final. El lápiz tembloroso marcaba el desaliento. Marcos repasa la habitación para intentar encontrar algo. Los cajones de su ropa estaban limpios y ordenados. Lencería fina -observa él-. Su mano escogió al azar unas bragas de seda rojas y las puso en su bolsillo. Bajo hasta el comedor, allí le esperaba el sospechoso. Se sentó frente a él, mirando con cierto recelo. Se atrevió a preguntar:

_La noche en que descubrió que ella faltaba y decidió llamarnos, ¿Ud. que hacia?.

_Fui a tomar unas copas al Floridita y regrese a las dos. Al no encontrarle me sorprendió pues ella ha esa hora ya estaba en casa.

_¿A esa hora?. ¿Los dos ibais por libre?.

_Sí.

_¿Desde cuando?.

_Hace dos años.

_¿Y porque?.

_Ella me sorprendió con Mariona. Al observar el gesto de sorpresa del inspector, él explicó "mi actual amiga".

_Tiene una foto o la dirección suya. El marido metió la mano en su pantalón, saco una cartera y de ella una foto que acerco hasta el inspector

-una rubia explosiva de falda ancha y blusa ceñida se incorporaba a la intriga-. El tipo garabatea una dirección y se la entrega.

_Póngame también su nombre y apellido -dijo Marcos. El papel se tambalea yendo y viniendo nuevamente entre ambos. El inspector se puso de pie y le dijo:

_Manténgase visible. Le llamaré.

Hizo unos pasos, se detuvo y se giró para preguntarle al tipo:

_¿A su mujer le gustaban las remolachas?.

_No.

_Hola. ¿Ud es Mariona?.

_Sí. Una rubia despeinada, con bata amarilla, casi sin pintarse se apoyaba en el marco de la puerta mirándole con desdén.

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