Partimos hacia Hamburgo hacia el mediodía, íbamos en coche, a través de carreteras locales. Me
acompañaba un Eichmann de aspecto serio. Desde luego las cosas no marchaban bien para los nazis.
La aviación aliada bombardeaba amplias zonas del país y esto dificultaba el transporte de tropas, de
alimentos, de gasolina. Ellos confiaban en un arma secreta que cambiaría el curso de la guerra.
Al llegar a la ciudad, serian cerca de las 4 de la tarde, se veía muy animada, parecía que las dificultades
no habían llegado aún .
Les acompañe hasta el cuartel de la Gestapo, allí me presentaron varios generales, estaba Himmler entre ellos.
Me intrigó que decían podía ser el sucesor de Hitler, de nombre Erhard Milch, lugarteniente de Goering. Este a
pesar de ser un víbora, me transmitía una ambigüedad que no podía explicar. Algo me decía que en su interior
latía una tortuga. En el mismo edificio me instalaron en una habitación desde donde se divisaba la ciudad.
Intentaba ordenar mis ideas, sé movían alocadamente, repitiéndose ( Hitler, su adusta figura, su oferta, el
manuscrito ). Pero lo que más me sobrecogía, era verle entre las cuerdas y al borde de la derrota. Pero el muy
canalla no pensaba en su fin sino en el de los demás. Mi relación con el dictador me empujaba a revisar una y
otra vez la situación intentando entrar en sus pensamientos, pero me encontraba ante un ser esquivo e
inclasificable. Había llegado a la conclusión que la grandeza de este hombre consistía en la capacidad para
improvisar el futuro . Para él, su presente constituía el teatro de operaciones de una batalla que libraba desde
la Atlántida. ¿Cuál era el secreto de su fuerza?. ¿El Libro tal vez?. ¿Su genio?. ¿El Pez que le señalaba las
visiones que él en su paranoia interpretaba?. ¿La confianza de saber que el Despotismo Asiático como forma
de gobierno ya había dominado en otras etapas de la historia?. Y el Libro: ¿qué contenía?; ¿era su información
una ayuda o una guía para él?. ¿O quizás el Libro era su prisionero?.
Un golpe me asusto, era el pez de los Ojos Verdes que había entrado en mi habitación, sobrevoló la cama, se
sumergió en su ciénaga volviendo a salir. Llevaba en su boca un trozo de pan. ¿Que intentaba decirme?. De
golpe se trago el mendrugo y de un salto atravesó la ventana. Pasaron unos minutos y alguien golpeo en mi
puerta, eran las seis de la tarde (puntualidad germana pensé). Venían a recogerme para ir al estadio donde Él
hablaría. Entramos por un lateral del campo. Una columna soportaba dos hojas que al abrirse daban a un
pasillo, hacia el final sé encontraba un salón . El sitio estaba animado, generales, civiles. ¡Vamos!. La elite de
la Alemania nazi. Del techo colgaban banderolas en rojo y azul con la svástica gravada en el centro. Las mesas
de comida y bebida se llenaban un amplio espacio de aquel gran salón. ¡Comida por fin: me dije a mí mismo.
Desde que habíamos salido no había probado bocado, rápidamente me lancé hacia las mesas a reponerme. El
ruido era ensordecedor, todos intuían que era una de aquellas tardes en que el Furher iba a despacharse con
un buen discurso. Aún no había visto el interior del Estadio, observe que a través de los ventanales
oscurecía ... Se habían olvidado de mi, ¡tanto mejor!, estaba un poco fatigado de la presión de estos jodidos
nazis. De entre el gentío salió un oficial acercándose para pedirme que le acompañara. Juntos recorrimos un
largo pasillo que daba a un palco. El Estadio era impresionante. Líneas de personas de uniforme y banderas
prolijamente ordenados se enfrentaban a una tribuna. en el centro de ella, una tarima con
muchos micrófonos dejaba percibir la grandeza del sitio donde Hitler desarrollaba un acto seductor y violento
a la vez. Los focos gigantescos se desplazaban continuamente por encima de la muchedumbre. Mi palco se
hallaba a escasos metros de donde hablaría El. Salude a Goering, me presento a varios jerarcas, un poco más
lejos vi a Eichmann. Los Generales cuchicheaban entre sí, golpeaban con sus botas el suelo y seguían con
entusiasmo la acrobacia que en el foso describían las tropas que aun buscaban su sitio asignado. Según mis
cálculos me hallaba en la tercera fila, a mí lado se sentaba Himmler y a mi derecha Adolf Galland , de quien me
habían informado era un Jefe de la Luftwaffe: el más famoso de los aviadores y condecorado con la Cruz de
Hierro por haber comandado la escuadrilla que destruyó Gernika -decían ellos con orgullo-. Galland era rubio,
de ojos claros, muy joven. No paraba de gesticular y gritar ante todo lo que veía. Hablamos muy poco en la
concentración, la única vez que se giró y dijo algo fue una frase
enigmática:
_El pan ha desaparecido dentro del Pez, él destruirá el mundo. Cuando intenté responder, Galland ya
aplaudia a rabiar nuevamente. La tropa se agitó como una ola, los jerarcas se pusieron de pie, las banderolas
estallaron ante la presion de la brisa que las palmas de los presentes batían con rabia. La ovación, el
estruendo estalló al ver que desde el fondo avanzaba por un pasillo central una silueta pequeña. Los focos le
alumbraban. Él se desplazaba muy despacio, conocía el guión, cual sabio que mezcla la formula para que
estalle de jubilo la muchedumbre. Demoro más de diez minutos en llegar al estrado. Haciendo gala de un
dominio frío de la histeria que le rodeaba se detuvo frente a los micrófonos, espero unos minutos. Los de mi
palco se sentaron, en ese momento atronaron unos aviones que nos sobrevolaban. Hacia calor pero un viento
suave mecía las banderas Todos esperaban su palabra, él se retenía aumentando la ansiedad de los
convocados. Hieratico, con un leve gesto de su barbilla exclamó:
_¡Camaradas!. Estamos aquí para festejar otro Aniversario del III Reich. Su voz era ronca, parecía un
latigazo. Sus palabras se juntaban unas con otras no dejándome escapar a su influjo. Sus brazos sé
agitaban y sus manos ampulosas señalaban a la muchedumbre apoyando a sus palabras como un acento. El
III Reich es la verdadera patria alemana que se enfrenta a quienes quieren destruirla. Sobre su cabeza el Pez
proyectaba una luz negra que iluminaba el Estadio y me provocaba nauseas. "Hoy quiero hablar del sacrificio
que aun nos queda por realizar. Debemos enviar a nuestros hijos al frente para acabar con la guerra. Debemos
presentar voluntariamente a a nuestros menores de 14 años en los centros de acogida para que ellos den el
último esfuerzo para vencer". La masa enardecida gritaba:
_¡ Si ! ¡ Si !.
Ante ellos el Furher exigía:
_He tenido un sueño. He visto en el a un pequeño que me reemplazaba en la lucha, el cubría mi espalda, el
gritaba que por nuestra adorada patria iría al frente. Este sueño camaradas, debemos hacerlo realidad hoy.
"Ellos, (prosiguió) serán capaces de ocupar nuestro sitio y serán mejores que nosotros, porque representan a
la nueva sociedad". Hitler se balanceaba , en cada gesto exigía el sacrificio. Era quien pedía un ultimo
esfuerzo, para intentar cambiar el curso de la contienda. La muchedumbre alocada respondía. "¡ si !". La
maquinaria nazi estaba dispuesta a quemar la última reserva de la sociedad. Jóvenes inexpertos irían al frente,
con un equipaje de canciones y un fusil. El Furher avanzaba en su plan despótico. Mi asco aumentaba. La
lucha se comía el futuro de Alemania mientras yo debía transportar el oro que los nazis preparaban para su
huida. La burla teatral añadía pan al fuego. Me giré hacia el Jefe de la Gestapo y le pregunté:
_¿Irán muchos jóvenes al frente?.
Al mirarme, sus ojos estaban inyectados, contestó:
_No son jóvenes, son soldados alemanes. Serán millones –agregaría con cierto cinismo. Su respuesta me
sobrecogía. Ante mi desconcierto el remachó:
_El III Reich va a ganar a nuevos soldados alemanes. Con ellos y una nueva arma que tenemos, lograremos la
paz. La gente aplaudía, Hitler saludaba brazo en alto y recorría con su mirada la muchedumbre. Unos
segundos y se retiró por una puerta que aparecía al final de la tarima. Los generales poco a poco hicieron lo
mismo. Eichmann se acercó hasta mí posición, venia acompañado, me dijo:
_Le presento a Hanns su futuro adjunto.
Estreche su mano, intercambiamos un Heil. Vestía un uniforme de coronel de las SS, en su sombrero la
calavera y las tibias cruzadas sobresalían con brillo amenazador. Salimos por un pasillo en dirección a una
puerta falsa, subimos al coche y desde allí nos dirigimos en dirección al puerto. Mientras nos alejábamos, en
los alrededores del Estadio la gente plegaba sus banderas, grupos de personas montaban en camiones que
les esperaban. Frialdad germana, mientras volaban mis pensamientos, al cruzar unos jardines recordaba con
nostalgia a Buenos Aires. Hacia casi un mes que había salido. Era de noche, tal vez las 2 de la madrugada
cuando por fin subíamos al submarino. El oro lo habían cargado en cinco partes distribuidos en cada nave. Y
también varias obras de arte, la pasión secreta de Goering, según ellos decían. Me asignaron un pequeño
camarote casi al final, al lado del cuarto de las máquinas. Viajábamos solo de noche, durante el día debíamos
esperar sumergidos en el fondo para evitar ser detectados. Me informaron que el viaje duraría 30 días. El cruce
del Canal de la Mancha seria el más peligroso.
Los alemanes han recuperado el orgullo, les he dado una ilusión para vivir. ¿Qué les pide a
cambio su Furher?. Tan solo sacrificar el 10 o el 20 % de la población que no desea trabajar, que es
holgazana, que es judía. Les pido que de la escoria, nos ocupemos nosotros. Mi pueblo sabe que a los
indeseables les llevaremos a su verdadero lugar: la esclavitud. Ellos trabajarán para nosotros, ellos harán las
tareas más peligrosas. Serán el gasto, el esfuerzo que necesita toda sociedad para progresa. Los alemanes
tendrán su tranquilidad, su trabajo, En su casa, su coche, sus ciudades limpias. A los jóvenes debemos
educarles en la lucha. La escoria no es capaz de hacer la guerra . Nosotros somos capaces de defendernos,
nosotros poseemos la fuerza para derrotar y someter a los demás pueblos. Solo existe un derecho, el de los
alemanes a ser sus propios dueños. La escoria aprenderá a trabajar o deberá morir: ¡ morirá trabajando!. A
medida que vayamos sometiendo a los demás pueblos inferiores, les sumaremos al ejército de trabajo. El
futuro muestra a Alemania sobre Europa. Seremos los reyes. Hace años pensaban que estaba loco, nadie
deseaba escuchar, poco a poco los alemanes me han dado la razón. Estaban ciegos, sordos por la influencia
judía. Yo les he liberado, ahora están felices al descubrir el nuevo orden.
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