Fue rascarse la cabeza y notar un
cierto dolor.
La inutilidad de esa mañana le habia impulsado,
por el pan, la mantequilla y dos restos de chorizo.
Rojo, de sabor a estopa antigua.
Al meterlo en el pan, se dejo presumir de
novio inquieto.
Ella movio sus piernas. Lisas, rosadas. El
hambre moribundo hizo ruido. Ella le
invito a sumarse. La tela de la sabana dejo ver:
tanino, sangre y caramelo.
El beso les mezclo entre sofocos hasta criar
un vello erizado, delicioso y frio.
Un patio fresco, con una arboleda.
Un patio empedrado, con cierto desnivel.
Casi al final se estrecha en un pasillo. Una
densa nube de rosas cubre la pared que mira al sol. Y,
una cierta pereza extraña e ingenua nos despierta. Breve e
impreciso tu labio cede ante el sueño. Desde el desván presiento,
que la mariposa, mece sus alas esquiva y suelta. Es tenue el
hilván del amor. Entre, tu y yo.
La espera se hace interminable. Observo -desde
este rincón, la esquina rasgada de una pared azul.
En el banco vecino, las termitas proliferan, hartas, en
una tarea repetida.
En una estación de tren, las maderas crujen. El
viento se acelera en la tarde. El paso de las maquinas de carbón
les entrelazan unas con otras.
Un olor a creolina y polvo de azufre fermenta esta sala.
Me han dicho que tu tren llegara ligero y rápido. O
terco y envuelto en la brisa. Mi instinto me dicta que
la vaina incrustada, blanca, activa, de tus ojos claros:
¡aparecerá antes que el pesado hierro de carbón y vértigo!.
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